Wendigos y el coronavirus

     Le dejaron ese bebé a su cuidado. Sólo por unos momentos. Sus padres estaban angustiados. Deseaban adquirir unos tapabocas para ellos y para su bebé. Se movían en su búsqueda entre aquella multitud de personas que se daban cita en los pasillos del aeropuerto para tratar de regresar a su país antes del cierre definitivo de las fronteras. El coronavirus estaba al acecho… Y sin pensarlo mucho, le dejaron ese bebé a su cuidado. ¡Ese horrible bebé!… Todo envuelto en trapos. Una mezcla de murciélago y oruga. Y antes de darse cuenta, sus padres habían desaparecido al tiempo en que el bebé comenzaba a contonearse furiosamente. Lucía como una mariposa tratando de liberarse de su prisión de gusano. La mortal metamorfosis de la crisálida… ¿Qué podría emerger de allí? —se preguntó con horror incapaz de acercársele demasiado a la terrorífica criatura. Pero eran tan violentas sus arremetidas, que terminó cayendo a un rincón bajo la mesa del asediado comedor. Se agachó con rapidez en su búsqueda. Observó la inmensidad de patas que inundaban todo el espacio. Semejaban árboles en un tupido y oscuro bosque… Advirtió de inmediato la dificultad. Tendría que desplazarse entre ellas… Había patas de muebles. Patas de sillas. Patas de mesas. Patas grandes y patas pequeñas. Patas oscuras. Patas brillantes. Unas de plástico. Otras de madera. Abundaban las de metal. El bebé se contoneaba como si hubiese nacido entre ellas. Se contoneaba y se alejaba con rapidez. Le dejaron ese bebé a su cuidado. ¡Tenía que olvidar las patas!... hogar de alacranes y de grandes serpientes... de arañas llenas de negros pelos… Había que rescatar al bebé… Se dobló todo lo que pudo para casi meterse bajo la mesa. Afinó la mirada. Trató de precisar la ubicación de la criatura. Al no más verla, estiró la mano para agarrarla. Pero tropezó con las angustiantes patas. Se inclinó más para poder evadirlas y para llevar la mano más lejos. Imaginaba las caras de horror cuando llegasen y no encontrasen al bebé. Las acusaciones que intuía lo asustaban afanándolo más. Se apresuraba a buscar entre las patas que vehementemente ocultaban al bebé, mientras inevitablemente las imaginaba arremolinándose en torno a su mano como las raíces de los ancestrales árboles. ¡Hogar de duendes y de wendigos caníbales! —se dijo sintiendo que su cuerpo se estremecía al recordar a esas terribles y poderosas criaturas humanoides y antropófagas de las leyendas de los pueblos de la costa este de norte América y de la región de los Grandes Lagos. ¡Tengo que concentrarme en esa criatura!... —casi se gritó. Y con un estirón repentino de su cuerpo que por poco derriba la mesa, agarró a ese horrible bebé quien, con un movimiento rápido de su cuello, clavó con gran fuerza en su mano, un anticipado y filoso diente.

 

Caracas, 6 julio 2020

Copyright©Karin van Groningen Chiriboga

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